dormida

Quien más quien menos ya tiene una opinión fija acerca de esta comparación. Y la mía no difiere mucho: el erotismo sugiere, la pornografía muestra. El erotismo es sutil, la pornografía es directa. El erotismo puede ser calificado como arte y está presente en no pocas obras clásicas, la pornografía ni siquiera es agradable a los ojos, y tiene que ser censurado por posibles daños a mentes sensibles y menores de edad, además de ser relativamente moderno.

Aprecio mucho más el erotismo que la pornografía. Me llena más la vista un anuncio publicitario de lencería femenina, de licor sibarita o perfumes, que una portada bizarra de una película X. Lo primero me inspira, pone en marcha la maquinaria de mis fantasías; lo segundo, en según qué circunstancias, me repele.

La publicidad ha hecho los deberes en cuanto a la explotación comercial del erotismo. La ha sobreexplotado. De unos cuantos años a ahora, ya no se ven apenas campañas publicitarias de lencería femenina. En vísperas del día de la madre, o del día de los enamorados, o navidad, y poco más. Y en perfumería y licores están hilando demasiado fino. Para no suscitar polémicas. Vaya hipocresía de salón.

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En muchos reportajes de moda ya no salen modelos luciendo conjuntos, sino los conjuntos sin más, sosos y huecos. En las pasarelas, única ocasión políticamente correcta de contemplar bellos cuerpos femeninos desfilando, da grima ver a las chicas con los huesos marcados, costillas, rodillas y hombros, moviéndose como pisando huevos. Cada vez que veo un reportaje, en lo primero en que me fijo es en si se les marcan las clavículas. Y constato con tristeza y rabia que así es. La única excepción podría ser en los desfiles de diseños de Andrés Sardá, o de la marca francesa Aubade, por lo menos hace dos años, en que las mujeres eran bellísimas, auténticos monumentos capaces de detener en seco un tren y varios corazones masculinos... La música de fondo debería ser lenta e incitar a la relajación, tipo "blues" o baladas de "rock'n'roll", en vez del "chunda-chunda-chunda" de un bar de copas o una discoteca.

Odio los desfiles de moda donde los diseñadores pretenden imponer una idea degradante acerca de la feminidad. La inmensa mayoría de esos profesionales son gays, así que, pensando mal, es lógico que traten dicho concepto como basura. Afortunadamente la mujer de la calle es bastante inteligente como para saber qué le conviene y qué no, dejando a esos engreídos con sus adivinanzas sobre la moda que vendrá para sus clientas "exclusivas".

La pornografía es ofensiva en público, y en privado, según los gustos. Odio la pornografía moderna, donde los actores son atractivos, sí, pero adoptan posturas imposibles, se centran en penetrar, chupar y tragar, y mostrarlo en asquerosos primeros planos. Me aburre ver siempre lo mismo. Odio la industria subyacente de cirugía estética, desnaturalizando infinidad de cuerpos femeninos y suscitando la sospecha de si esa mujer tan bella y bien dotada no será en realidad una siliconada hasta las cejas. Muchos "primeros planos" son casi lecciones médicas de urolgía o ginecología.

La pornografía "vintage" es más humana y cálida, pero de apariencia más cutre. Lo que gana por un lado lo pierde por el otro.

Me ponen a cien los tríos de dos mujeres y un hombre, pero sólo en aquellas posturas en que todos reciben placer. Hombre tumbado boca arriba, mujeres encima de él. Hombre poseyendo a una mujer en la postura del perro, y la otra recibiendo de su compañera en la postura de la araña mientras es poseída... Y poco más.

Me ponen a cien las escenas de parejas, hombre-mujer o mujer-mujer, en donde hay abrazos, caricias, besos y pasión. En las primeras se muestra la penetración, pero en segundo plano, y no en principal durante diez minutos seguidos. Me ponen a cien los strip-teases bien hechos en la intimidad.